El fuego ha sido, a lo largo de la historia, un símbolo potente de resistencia, cambio y, en ocasiones, de destrucción. En la convulsa Argentina de los años ochenta, Herminio Iglesias, un político del radicalismo, encendió un ataúd con las siglas de la Unión Cívica Radical (UCR) durante la campaña presidencial de 1983. Este acto, en medio de una crisis política y social, fue un grito desesperado que encarnaba la lucha interna y la desilusión que rodeaban al partido. La quema del cajón no solo simbolizaba el repudio a la UCR, que había conducido al país hacia una dictadura, sino que también reflejaba un momento crucial que contribuiría a la derrota de Ítalo Argentino Luder frente a Raúl Ricardo Alfonsín. En este contexto, la furia del fuego servía como metáfora de una transición que era tanto urgente como anhelada.