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23 de junio de 2026

LA HIPOCRESÍA DE LA CELEBRACIÓN Y LOS FESTEJOS

Recientemente, el presidente Milei y el autodenominado "superministro" Caputo han celebrado una caída en el índice de riesgo país de Argentina. Este indicador positivo, impulsado por los movimientos del mercado de bonos y acciones, se ha presentado como una señal de mejora económica. Sin embargo, bajo la superficie subyace una realidad preocupante: estas operaciones financieras simplemente enmascaran la entrada de dólares que, en última instancia, benefician a la corrupción, en lugar del pueblo argentino.

Durante décadas, la mayoría de los gobiernos argentinos no han priorizado el desarrollo del país ni de sus comunidades. En cambio, su objetivo ha sido gestionar las finanzas de manera que se facilite la malversación y el enriquecimiento personal. Ya sea oculto tras un "estado mudo" ineficiente o operando ahora dentro de un aparato gubernamental fragmentado y minimizado, diseñado para limitar la supervisión, el patrón permanece inalterable.

Desde que Milei asumió el cargo, se ha repetido insistentemente una frase: "No hay dinero". Sin embargo, el tiempo revela la necesidad de una corrección intelectual: no hay dinero para el Estado, no hay dinero para los ciudadanos invisibles que han quedado atrás, pero sí mucho dinero canalizado hacia la corrupción. Los escándalos diarios que involucran a figuras como Adorni, tratos con ARSAT, esquemas de criptomonedas y muchos otros ilustran esta plaga persistente. Y estos son solo los casos que conocemos; innumerables otros permanecen en la sombra o no se denuncian.

¿Es esto exclusivo de la administración actual? Una respuesta corta y contundente: No. La corrupción está profundamente arraigada en el ADN de la clase política y sindical argentina. La misma "casta" enquistada persiste; solo cambian los nombres.

Mientras los argentinos celebraban los goles de Messi en el Mundial y debatían los partidos con pasión, una trama malévola se desarrollaba silenciosamente: una narrativa engañosa de progreso diseñada para robar los escasos recursos que aún produce la nación. Se siguen solicitando divisas a organizaciones financieras multilaterales, supuestamente para financiar el desarrollo, pero gran parte de ellas alimentan la corrupción y el despilfarro. Mientras tanto, millones de trabajadores, pensionistas y pequeños contribuyentes sufren las consecuencias de las medidas de austeridad, mientras los políticos mantienen sus números y sus lucrativos salarios. Esta lenta asfixia pasa desapercibida para muchos.

Cuando juega la selección argentina de fútbol, ​​todos nos unimos. El fútbol borra momentáneamente las divisiones, brindando alegría compartida y un sentido de identidad colectiva. Pero esta unidad se desvanece cuando se trata del país mismo. Las facciones políticas y los grupos sociales se han enfrentado entre sí, permitiendo que unos pocos privilegiados se beneficien mientras la mayoría se enfrasca en disputas que no ofrecen ningún beneficio real.

Argentina puede ser mucho más que una potencia futbolística. Antaño el granero del mundo, hemos caído víctimas de políticos corruptos, militares y dirigentes sindicales sin escrúpulos ni principios. La ciudadanía se caracteriza por una actitud de indiferencia, lo que dificulta escapar de este círculo vicioso.

El cambio solo llegará cuando reconozcamos la importancia de nuestros vecinos y que Argentina significa mucho más como patria compartida que como nación dividida. Solo entonces podremos aspirar a vivir en paz, armonía y prosperidad.

Mientras no dejemos de ser marionetas de la maquinaria política y sindical, Argentina seguirá siendo una pequeña república, orgullosa únicamente de sus títulos mundiales e indiferente a las muchas otras metas que podríamos alcanzar.

Como escribió José Ingenieros en 1900 en su libro *El hombre mediocre*, el sombrío panorama que presenciamos hoy fue predicho hace mucho tiempo:

*“Degeneración parlamentaria: La democracia pierde su noble propósito —el arte y la ciencia de gobernar— para convertirse en una profesión deshonrosa.*

*El triunfo de la mediocridad: En ausencia de ideales, los espíritus subordinados prosperan gracias a la intriga. La conformidad y la complacencia eclipsan la excelencia.*

*Moral de rebaño: La política se convierte en un establo donde la chusma y los traficantes dominan mediante el clientelismo y la obediencia ciega, destruyendo la integridad moral.”*

En efecto, somos mediocres. Pero la conciencia es el primer paso hacia el cambio.

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