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OPINIÓN

8 de agosto de 2024

El “discurso popularizante” representa la política al límite.

Transforma a la democracia en desempeños políticos que no ya no sé si son tan fáciles de llamar democráticos.
Por Mario Riorda

La comunicación política es el intento de control de la agenda pública. Es la política en tanto acto de expresión pública, el modo en que aquella quiere ser -y es- vista. Requiere de 4 elementos que la definen.

Instalación. La comunicación política es una bisagra que mueve constantemente el umbral que define y separa los temas de los que se hablará de aquellos que no formarán parte de la agenda. La comunicación política es la puja que se transformará en puerta de entrada y salida de los temas de los que se hablará.

Encuadre. Una vez que los temas se hacen presente, que forman parte de una plática social, los argumentos que hacen a cómo debatirlos y tratarlos, otorgan una cualidad semántica que los hace significar algo, funcionando como un filtro para su visibilidad. La comunicación política es la puja que terminará ofreciendo interpretaciones de los temas de los que se hablará.

Tono. Habla de la intensidad y el modo en que se presentan los temas. Habla de la racionalidad o del drama con el que son expresados y abordados los temas. La comunicación política es la puja que definirá la estética de los temas de los que se hablará.

Expectativas. Es el contrato futuro y lo que se espera de aquello que se habla. Las expectativas son un motor que dinamiza el debate público y funcionan como activadoras de alguna acción en particular. La comunicación política, aúna resignificando y mitificando los temas del pasado, ofrecerá visiones de los temas que todavía no se conocen.

Cualquier discurso político, de una u otra manera, cumple con estos elementos. Es verdad. Pero no todos tienen efectividad. Ahí, en búsqueda de la efectividad deseada (o perdida), aparece un tipo discursivo, novedoso, que describe un clima de época y que preocupa por su modo de aparición público: el “discurso popularizante”.

Pido permiso: estableceré un desarrollo conceptual para llegar a él…

Fareed Zakaria acuñó el término democracia iliberal hace varios años. Refería a gobiernos electos democráticamente que creen tener soberanía absoluta en la representación popular y que actúan acomodando o cooptando la institucionalidad. Casi siempre se presentan con un estilo de centralización descontrolada y arbitraria en la toma de decisiones. Presentan retóricas cerradas y dogmáticas (muchas veces apelando a nacionalismos) y, apelando a elecciones que los hace razonablemente democráticos. Otras veces con una pretensión de prédica religiosa. Cerrado, como dogma, con una una idea de salvación si se transita por los postulados de ese discurso que -nos- salva del mal. Pero el eje es el mal. Lo malo. Su faceta contraidentitaria.

La defensa de su estilo, enmarcado bajo algún formato de democracia iliberal, termina fundando su legitimidad en la desacreditación constante de la democracia liberal y con ello aparejando una erosión de la libertad en no pocos episodios, abuso de poder y divisiones sociales amparadas en profundas radicalizaciones.

La democracia iliberal, lo cual es una verdad de Perogrullo, provee de discursos iliberales y no sólo hace referencia a un gobierno, sino a prácticas poco democráticas que también incluye las de la oposición. La gran paradoja es que la democracia, como sistema, cobija prácticas poco democráticas.

Las ideologías que pisan lo “ultra” o lo “extremo”, en cierto modo pierden su condición democrática, aun participando de la democracia por caso. Ahí es donde aparece el discurso popularizante que, al ser una faceta iliberal, es poco democrático también.

¿Cómo entender un discurso popularizante? Definiendo lo que lo conforma. Veamos.

Lo popularizante toma sentido cuando todos los siguientes componentes se hacen presente simultáneamente lo que nubla la condición de democraticidad de un actor o del discurso político.

- Los sujetos hablantes son personas solitarias que no dialogan. A lo sumo actúan en manada. La “otredad”, el sujeto (persona o institución) destinatario de la adversarialidad sólo es concebido para ser humillado, pisoteado. Hay un objetivo: no sólo que trastabille el rival, sino que caiga y además quede golpeado y estigmatizado. La anulación de su condición de adversario parte de un juicio moral categórico que quita de sustancia la validez y aptitud de las personas opositoras en el juego democrático. Humillación, provocación, escandalización, son sus elementos. Por ende, la democracia es concebida como un juego de exclusión. Ganar no es ganar en las condiciones de competencia de la democracia, es más bien la muerte política del adversario.

- Hay tribalización como colectivos cerrados. La soledad de los liderazgos es acompañada por fans. Las normas del consenso interno de los grupos, como acto tribal, prima por sobre las normas del consenso democrático. Celebración, exaltación y mitificación del liderazgo. Mientras más disrupción, más osadía, más devoción a su figura. Incluso hay tribalismo tóxico, como fenómeno de cooptación de espacios, instituciones o partidos que otrora eran perfectamente democráticos.

- Sin pretensión de verdad. Todo aquello que se quiere decir no requiere de veracidad ni lógica. Son sujetos productores y proveedores de fake news. En su propia tribu, tienen capacidad de resignificar el pasado a cada rato, incluyendo la negación de la evidencia. El discurso, arrogantemente, se presenta como precientífico, premoderno, por ende, también negacionista de la evidencia en cualquiera de sus formas.

 - Juegan al límite. El concepto de eficacia pragmática guía. La búsqueda de la máxima asertividad sin límites fácticos, éticos ni de formas de justicia. El discurso justifica los medios. Lo que sirve, no importa como se logra. Lo que sirve, no importa lo que daña. Lo que sirve, no mide consecuencias. Se constituye por liderazgos avasallantes que corren los límites de lo posible, hacen en el marco de lo impensable y tiene constantemente una propensión a castigos ejemplares a los que cuestiona o traicionan la voluntad dogmática de los líderes. Cuestionando las formas, celebra lo políticamente incorrecto.

 - Funciona como mojón ideológico. El discurso popularizante es estridente. Se presenta con una estética asociada al histrionismo. Sin evidencia, pero con estridencia, con extravagancia. Llama la atención y suele ser un punto del que la mayor parte del sistema político se diferencia o se ubica. Son un eje que articula o modifica un nuevo continuum en el espectro ideológico.

Como sostiene Carla Yumatle, “la admisión explícita de la derrota ante un adversario político es la ficción propia y correcta de la democracia, una apariencia ceremonial que nos recuerda cada tantos años la realidad de que los votos se prefieren por sobre la fuerza”. El “discurso popularizante” no contribuye a eso. No hace a una mejor democracia. Promueve el conflicto radicalizado, naturaliza la polarización violenta. Y en el intento de lograr algo de eficacia -que no necesariamente logra-, en sociedades frustradas, hastiadas, con miedo, transforma a la democracia en desempeños políticos que no ya no sé si son tan fáciles de llamar democráticos.

Mario Riorda, es un académico, docente, politólogo e investigador argentino. Se desempeña como asesor y consultor comunicacional político, orientando estrategias electorales, de comunicación gubernamental y comunicación de crisis para gobiernos y partidos políticos en Argentina y en otros países de América Latina.

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