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OPINIÓN

31 de mayo de 2024

Allanando caminos de encuentro: un premio nobel al rescate para salir de la decadencia.

Paul Samuelson, 50 años atrás, abogó por un pragmático análisis costo-beneficio, por encima de los sesgos ideológicos, aunque reconoció las “fallas de mercado” para corregir la desigualdad y reducir la pobreza.
Por el economista José Atencio.

El país necesita de manera imperiosa que los principales actores de la dirigencia se encuentren en un cruce de caminos, revisen sus puntos en común, y sienten las bases para la Argentina del futuro. Quizás el pensamiento de Paul Samuelson puede ayudar.

La gran mayoría de los ciudadanos de este país puede estar de acuerdo en una cosa: que la situación económico-social viene crepitando constantemente en las últimas décadas. Sin embargo, no pareciera haber acuerdo sobre el diagnóstico de las posibles causas, ni menos de sus posibles soluciones. Podríamos hacer un intrépido intento de agrupar las diversas cosmovisiones considerando la “escuela de pensamiento económico” con la que cada interlocutor expresa mayor afinidad. Y otro denodado intento para trazar algún punto de encuentro. Si barremos el espectro desde derecha a izquierda, encontramos en uno de los extremos a los libertarios que tienen una suprema confianza en la economía de libre mercado, y propugnan una mínima o nula intervención del Estado en los asuntos económicos. Para ellos, la existencia del Banco Central no solo es superflua, sino que es perniciosa. Esta visión sigue la corriente de pensamiento de Menger, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, entre otros. También hacia la derecha, pero con algunos grados menos, encontramos a los neoliberales, emparentados con el monetarismo de Milton Friedman, expresando que el Estado debe dar paso a la iniciativa privada, retirándose de casi todo lo que podría hacer el mercado por sí solo; “dejando hacer”, incluso en materia de regulación. El crecimiento es deseado por sí mismo, ya que todo lo demás, vendría “por añadidura”, o efecto derrame.

Si nos eyectamos fugazmente al otro extremo del pensamiento económico, nos encontraremos con los discípulos de Marx y Engels. Quizás estos economistas tengan menos presencia en algunos espacios públicos de discusión, pero siempre su impronta está presente en algún u otro debate. Sin dudas, estos economistas bregan por una economía planificada en todos sus componentes y con la supresión total de la propiedad privada de los medios de producción. Los ejemplos clásicos de estas praxis son la URSS, Corea del Norte o Cuba.

También hacia la izquierda, pero algunos grados menos, se encuentran aquellos economistas que defienden un Estado más presente en todos los aspectos de la economía, y si por ellos fuera, sería conveniente que el Estado participara o dominara en todos y cada uno de los sectores económicos: comercio interno, comercio externo, producción de alimentos y bienes de consumo masivo, generación y comercialización de energía, monopolio de servicios públicos, etc. Confían en que la planificación y la regulación coercitiva de todas las variables económicas van a permitir el crecimiento con igualdad. La iniciativa privada está relegada a un segundo plano, y solo serviría a los efectos de financiar su aparato gubernamental. Algunos intentos se han dado en nuestra región, y quizás Venezuela sea un ejemplo palpable de esta visión.

En atención a la urgencia, podríamos adentrarnos en algún punto intermedio de las visiones de centro-derecha y centro-izquierda, de modo tal que el “posible cruce de caminos” se dé en algún lugar de nuestro terreno de pensamiento imaginario.

Un posible candidato de “centro” podría ser el profesor Paul Anthony Samuelson, quien pudo fusionar a John Maynard Keynes con todos los clásicos anteriores en su notoria “síntesis neoclásica”. Fue este Premio Nobel de Economía (1970) quien iba a dar forma a la teoría de Keynes, haciendo un uso magistral de la matemática, y refrendando todo con análisis empírico, pero con una mesura tal que le llevaba a afirmar que “la economía no es una ciencia exacta”. Cuando se escucha hablar a algún keynesiano (de cualquiera de los tres principales partidos políticos de Argentina), debiera saberse que dicho economista le debe más al pensamiento de Samuelson que al propio Keynes.

Como escritor profuso, abogó por un pragmático análisis costo-beneficio, por encima de los sesgos ideológicos. Por un lado, insistía que el crecimiento económico era factible con el uso de los incentivos de mercado y criterios de rentabilidad, pero al mismo tiempo reconocía que las fuerzas del mercado no podían por sí solas mitigar “la desigualdad flagrante y la pobreza abyecta”. Era muy sensible a esta problemática y admitía que no era una tarea fácil que pudiera hacerse por el libre juego del mercado o por la coercitiva fuerza de un decreto. Se precisaba astucia, trabajo en equipo y visión de largo plazo.

Cuando se refería a temas de igualdad de oportunidades, Samuelson valoraba mucho el esfuerzo individual, pero tenía muy en claro que el mérito no lo era todo cuando una sociedad no trata a todos por igual

Cuando se refería a temas de igualdad de oportunidades, Samuelson valoraba mucho el esfuerzo individual, pero tenía muy en claro que el mérito no lo era todo cuando una sociedad no trata a todos por igual. Denunciaba la inequidad de oportunidades en una sociedad que penalizaba a los hombres de color, a las mujeres, a los adultos mayores; pero al mismo tiempo advertía que las ayudas sociales podían devenir en dádivas asistencialistas si eran mal aplicadas.

La ineficacia del control de precios

 

El profesor Samuelson manifestaba claramente una visión un poco más heterodoxa de las causas de la inflación, pero ponía reparos al uso del control de precios. Esto decía en marzo de 1980: “(…) Existe una amplia experiencia con los controles directos de precios y salarios en muchos países (…). Se reduce a lo siguiente: Los controles funcionan bien un año. Después, los controles obligatorios se hacen cada vez más ineficaces, menos efectivos y menos justos.”

Sobre el bienestar económico general sostenía que depende en gran medida del mercado, mas admitía la necesidad de la intervención del Estado como árbitro garante de un proceso “más humano”. Los objetivos de desarrollo, decía Samuelson, “sólo pueden alcanzarse en sociedades disciplinadas y con cierto grado de consenso y no en aquellas caracterizadas por la lucha de clases y el odio entre pobres y ricos.”

El nobel de marras, keynesiano de pura ley, miraba con absorto la realidad de la economía argentina. Escribió: Me atrevo a decir que Argentina constituye la pauta que ningún hombre moderno puede contemplar sin persignarse y decir: <<Dios no lo quiera...>>”.

Samuelson llegó a admitir que la decadencia de la Argentina podía ser fruto de un excesivo populismo

En algunos artículos esbozó la idea de que el peronismo podría haber provocado parte del retraso, pero más adelante se rectificó y admitió que el problema era más sistémico y en alusión a Argentina y otros países de la región, llegó a admitir que la decadencia podía ser fruto de un excesivo populismo. Samuelson fue quien escribió: “Hay una frase atribuida a Lenin que viene a decir que arruinaremos el sistema capitalista corrompiendo su moneda”.

En este artículo hemos evocado a Samuelson como un posible referente centrista, pero quizás haya mejores exponentes; por ejemplo: representantes de la “Nueva Economía Institucionalista”, o los brillantes aportes de Amartya Sen. Como ciudadano de esta gran patria sueño con que nuestros dirigentes se encuentren en un punto en común y comiencen a trazar un plan de largo plazo, dejando sus diferencias ideológicas de lado y adoptando una estrategia objetiva y sustentable. Quizás suene idílico o utópico, pero es estrictamente necesario.

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