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3 de abril de 2026
Romantizando el Delito: El peligroso atractivo de glorificar el crimen, cuando la ficción se confunde con la realidad
En los últimos años, el cine y la televisión han creado magistralmente personajes que cautivan al público: antihéroes, criminales y capos que llevan una doble vida llena de poder, riqueza y peligro. Figuras como Pablo Emilio Escobar Gaviria, inmortalizado en "Narcos", o el tristemente célebre "El Señor de los Cielos", se han convertido en íconos culturales, suscitando simpatía e incluso admiración entre los espectadores de todo el mundo. Pero, ¿qué sucede cuando esta idealización de crímenes graves trasciende las pantallas e influye en las actitudes del mundo real?
Hace apenas unos días, Argentina se vio conmocionada por un trágico tiroteo en una escuela de San Cristóbal, un suceso que sacudió la conciencia nacional. En medio del dolor y la conmoción, surgió una alarmante tendencia en las redes sociales: algunos usuarios comenzaron a justificar el ataque y a glorificar al perpetrador. Esta inquietante reacción plantea preguntas cruciales: ¿Cómo afecta a la sociedad la idealización del crimen violento? ¿Quién recibe e interioriza estos mensajes?
Por Ariel Alejandro Lareu Da Peña.
La representación de los criminales como figuras carismáticas o heroicas puede desdibujar los límites morales, especialmente entre las mentes impresionables. Cuando se glorifica el comportamiento destructivo, la línea entre el bien y el mal se vuelve ambigua, lo que puede fomentar la empatía hacia quienes dañan a otros. Esta narrativa corre el riesgo de minimizar la gravedad de los delitos, sustituyendo la justicia y la rendición de cuentas por la fascinación.
Además, no podemos ignorar a las víctimas, a menudo sin voz y aisladas. Muchas personas, en particular los jóvenes que sufren acoso escolar, se sienten invisibles y acorralados, a veces empujados a acciones extremas como escapes desesperados de un tormento implacable. El acoso escolar es un enemigo silencioso que corroe la autoestima y la salud mental, culminando a veces en tragedias alimentadas por el dolor acumulado y la desesperanza.
En una sociedad bombardeada por medios de comunicación que ensalzan modelos a seguir moralmente cuestionables, ¿dónde encajan virtudes como la empatía, la responsabilidad y el respeto? La glorificación del crimen envía mensajes contradictorios, especialmente cuando la corrupción política queda impune y el estado de derecho se siente frágil. Este entorno puede erosionar la confianza social y fomentar una cultura donde "hacer el mal" parece carecer de consecuencias.
La violencia, a menudo último recurso para quienes se sienten abrumados, daña aún más el tejido social. El aislamiento que genera —ya sea por encarcelamiento o retraimiento emocional— profundiza las heridas en lugar de sanarlas. El diálogo, la comprensión y el apoyo son antídotos esenciales, pero quedan eclipsados ​​cuando el sensacionalismo y los mitos románticos dominan las narrativas.
Como lectores, es imperativo evaluar críticamente los medios que consumimos y los valores que promueven. El filósofo Immanuel Kant dijo: «Actúa solo según aquella máxima por la cual puedas querer al mismo tiempo que se convierta en ley universal». En otras palabras, si todos justificaran el crimen o la violencia basándose en agravios personales o imágenes idealizadas, la sociedad se sumiría en el caos.
El crimen nunca puede verse con optimismo ingenuo; hacerlo obstaculiza la justicia e ignora el sufrimiento real de las víctimas y las comunidades. Abordar las causas profundas —como el acoso escolar, la exclusión social y las fallas sistémicas— requiere compasión, educación y un firme compromiso con los principios éticos.
Promovamos historias que resalten la resiliencia, la bondad y la responsabilidad. Solo enfrentando las duras realidades sin adornos románticos podremos aspirar a fomentar una sociedad más sana y justa, donde nadie se sienta tan solo como para dañar a otros o a sí mismo. En
resumen
, si bien las historias cautivadoras de crímenes pueden entretener, no deben cegarnos ante el profundo daño que infligen estas acciones. Reconocer los peligros de la glorificación y apoyar a quienes son vulnerables al tormento silencioso, como el acoso escolar, no es solo una cuestión moral, sino esencial para el bienestar de todos.