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7 de julio de 2026
La calculadora nunca aprendía de vos. La inteligencia artificial sí.
Durante décadas utilizamos herramientas que ejecutaban instrucciones. Hoy convivimos con sistemas cuyo valor económico aumenta, precisamente, gracias al conocimiento que millones de personas vuelcan sobre ellos. Esa diferencia, aparentemente técnica, podría obligarnos a revisar algunas de las categorías más tradicionales del Derecho Privado.
La última herramienta que nunca aprendió
Durante buena parte del siglo XX convivimos con máquinas extraordinariamente eficientes, pero profundamente obedientes.
Piénselo un instante.
Una calculadora podía resolver una operación compleja en una fracción de segundo. Una computadora podía procesar millones de datos en minutos. Un procesador de texto corregía errores ortográficos y un programa de diseño permitía construir planos imposibles de dibujar a mano.
Todas esas herramientas compartían una característica fundamental. Jamás aprendían de quien las utilizaba.
Un contador podía trabajar veinte años con la misma calculadora. Un ingeniero podía resolver miles de ecuaciones. Un abogado podía liquidar intereses durante toda su carrera profesional.
Al terminar la jornada, la máquina seguía siendo exactamente la misma. No era mejor. No era más inteligente. No había incorporado absolutamente nada de la experiencia de su usuario.
Ese fue nuestro paradigma tecnológico dominante durante décadas. Y casi nadie imaginó que iba a cambiar tan rápido.
La diferencia que casi todos pasan por alto
Cuando irrumpió la inteligencia artificial generativa, la mayoría de las discusiones giraron alrededor de las preguntas más obvias.
¿Es capaz de escribir? ¿Puede programar? ¿Va a reemplazar a los profesionales?
Son preguntas interesantes, sin duda. Pero, mi estimado lector, sospecho que ninguna de ellas constituye el verdadero cambio de paradigma. La diferencia más profunda es otra.
Por primera vez en la historia moderna, convivimos con herramientas cuyo valor económico depende, en enorme medida, del conocimiento que nosotros mismos volcamos sobre ellas.
No estamos frente a una calculadora más sofisticada. Estamos frente a sistemas diseñados para identificar patrones, mejorar respuestas y ampliar sus capacidades a partir de la interacción humana.
Esa diferencia parece puramente técnica. En realidad, es económica. Y, se lo aseguro, terminará siendo jurídica.
El activo que nunca aparecía en los balances
Pregúntele a cualquier colega cuál es su principal herramienta de trabajo.
Un abogado le señalará el Código Civil. Un médico, su tratado de clínica. Un ingeniero, un software especializado.
Pero todos estarán omitiendo el activo más importante que poseen. Su propia experiencia.
No hablo de los libros que leyeron ni de los títulos colgados en la pared. Hablo de esa capacidad para reconocer patrones, anticipar problemas, evitar errores y encontrar soluciones que solo concede el barro de la práctica profesional.
Los economistas llaman a eso capital humano. Los juristas solemos hablar de know-how, experiencia o conocimiento tácito.
No es simple información. Es criterio. Y precisamente porque no puede descargarse en un PDF ni copiarse de un manual, suele ser el activo más valioso que usted lleva consigo cada mañana cuando empieza a trabajar.
Durante siglos dimos por sentado que ese conocimiento era inseparable de quien lo había forjado. Hoy, la inteligencia artificial nos obliga a cuestionar esa certeza.
Cuando una conversación es mucho más que eso
Cada día, millones de nosotros consultamos estos sistemas.
Les pedimos que redacten un contrato. Que expliquen un síntoma. Que optimicen una estructura. Que escriban código.
La inmensa mayoría cree que simplemente está utilizando una herramienta. Y, en parte, tiene razón. Pero deténgase a mirar el cuadro completo.
Cada interacción forma parte de un fenómeno mucho mayor. Millones de pequeños aportes, formulados desde disciplinas completamente distintas, terminan alimentando un ecosistema tecnológico cuyo valor económico crece de manera extraordinaria.
No se trata de afirmar que una conversación aislada explique ese crecimiento. Se trata de reconocer que el engranaje completo funciona gracias a la agregación de nuestro conocimiento a una escala que jamás habíamos presenciado.
Y ahí, inevitablemente, aparece la pregunta incómoda.
El problema no es tecnológico
Durante años discutimos si internet cambiaría el comercio. Después discutimos cómo las redes sociales modificarían la comunicación. Hoy hablamos de inteligencia artificial.
Sin embargo, detrás de cada revolución tecnológica suele esconderse una discusión antiquísima: ¿Cómo circula el valor?
Porque cuando una innovación altera la forma en que el valor económico se crea, se distribuye o se captura, el Derecho debe sentarse a la mesa. Porque el Derecho siempre llega después de las grandes innovaciones: su tarea no consiste en inventarlas, sino en comprender las consecuencias que producen cuando dejan de reorganizar únicamente la técnica y comienzan a reorganizar la economía.
La propiedad. Los contratos. La buena fe. La responsabilidad. El enriquecimiento sin causa.
Todas ellas nacieron para resolver conflictos distintos. La gran pregunta es si todavía nos alcanzan para explicar el fenómeno que tenemos delante.
Tal vez estamos haciendo la pregunta equivocada
Buena parte del debate público gira en torno al derecho de autor. Es una discusión necesaria, sí. Pero quizás le quede demasiado estrecha al problema.
Porque el verdadero activo de un profesional no siempre reside en una obra protegida. Con frecuencia, reside en algo mucho más difícil de asir: su criterio. Su instinto. Su capacidad para resolver lo que otros no ven.
Si ese conocimiento comienza a participar en la generación de valor económico para terceros mediante estos sistemas, el interrogante ya no pertenece exclusivamente a los programadores ni a la propiedad intelectual.
Pasa a ser una cuestión medular del Derecho Privado. Y recién estamos dando los primeros pasos para comprenderla.
Una conversación que recién empieza
No escribo estas líneas para ofrecer respuestas definitivas. Sería intelectualmente apresurado. Tampoco sostengo que las instituciones jurídicas tradicionales hayan quedado obsoletas; quizá descubramos, precisamente, que su mayor fortaleza consiste en la capacidad de adaptarse a realidades que el legislador jamás pudo imaginar. Pero antes de responder, debemos aprender a formular correctamente las preguntas.
Las grandes transformaciones tecnológicas rara vez modifican únicamente las herramientas con las que trabajamos. Modifican, casi siempre en silencio, la manera en que el conocimiento circula, se incorpora a los procesos productivos y genera valor económico. Cuando eso ocurre, el Derecho no enfrenta simplemente un problema técnico: enfrenta la necesidad de volver a describir una realidad que ya no encaja completamente en las categorías con las que aprendimos a interpretarla.
Quizá el verdadero debate sobre la inteligencia artificial no consista en preguntarnos si las máquinas llegarán a pensar como nosotros. Tal vez la cuestión realmente decisiva sea otra: qué ocurre cuando el conocimiento humano comienza a participar de procesos económicos cuya magnitud y funcionamiento exceden las categorías jurídicas con las que fuimos formados.
Si esa hipótesis es correcta, el desafío no será decidir entre aceptar o rechazar la inteligencia artificial. El verdadero desafío consistirá en determinar si el Derecho conserva todavía las herramientas conceptuales necesarias para comprender una economía en la que el conocimiento dejó de ser únicamente patrimonio de quien lo produce para convertirse, también, en uno de los principales motores de creación de valor.
Por eso, estimado lector, la próxima vez que abra una inteligencia artificial para resolver un problema profesional, le propongo un ejercicio sencillo. Deténgase unos segundos antes de escribir la primera instrucción. No para dejar de utilizarla, sino para preguntarse si esa conversación constituye solamente el uso de una herramienta o si, silenciosamente, forma parte de un fenómeno económico y jurídico mucho más profundo que apenas comenzamos a comprender.
Javier Alejandro Aruani
Abogado e investigador independiente en Derecho Privado e Inteligencia Artificial