OPINIÓN
1 de junio de 2026
LA VIDA.-
EL PERDÓN.
Es una de las palabras más malentendidas de la espiritualidad. Se la asocia con debilidad, con olvido, con condescendencia.
Muchos creen que perdonar es decir "no importa" cuando sí importó o "está bien" cuando no lo está. Pero el perdón auténtico no es eso.
El perdón no niega el daño; lo reconoce plenamente. No minimiza la herida; la honra como lo que fue.
Y luego, desde ese reconocimiento, elige no seguir alimentando el rencor.
Perdonar no es borrar la historia; es cambiar la relación con la historia. El filósofo Jacques Derrida dijo que perdonar solo tiene sentido cuando la falta es imperdonable.
Si es perdonable, es una transacción, no un perdón.
Perdonar lo imperdonable es el único perdón que realmente perdona.
Esta paradoja revela la naturaleza radical del acto: no se basa en la justicia, ni en el merecimiento, ni en el cálculo.
Se basa en una decisión que trasciende la lógica del intercambio. Es un acto de libertad, no de obligación. Y por eso es tan difícil y tan liberador.
La psicología contemporánea ha estudiado los efectos del perdón en la salud mental. No es sorprendente: el rencor mantenido es una tensión crónica, un estrés que el cuerpo paga.
Perdonar no cambia el pasado, pero cambia el presente del que recuerda. La herida sigue ahí, pero ya no sangra. Se ha vuelto cicatriz.
Y la cicatriz es tejido nuevo, más resistente que el original, que recuerda la lesión pero ya no duele. Perdonar es ese proceso de cicatrización del alma.
Perdonar a otro es, en última instancia, perdonarte a ti mismo por haber estado tanto tiempo atado a esa historia.
No es decir que el otro no hizo daño; es decir que ya no quieres que ese daño defina tu presente.
Es una decisión soberana, que no depende de que el otro se disculpe o cambie. Porque el perdón no es para el otro; es para ti.
El otro puede no merecerlo, pero tú mereces la paz de no cargar más con ese peso.
Perdonar es, al final, la forma más alta de amor propio.
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