OPINIÓN
1 de diciembre de 2025
LA VIDA.-

Hay momentos en los que la vida nos reduce a cenizas. Todo lo conocido se desmorona, lo que fuimos se quiebra, y sentimos que no queda nada más que vacío. Pero en esa aparente destrucción habita un secreto sagrado: el fuego no viene a aniquilar, sino a purificar.
De las cenizas nace la oportunidad del renacer. La vieja piel se desprende, las máscaras se consumen y lo esencial permanece intacto, esperando florecer. Renacer no es volver a ser lo mismo, es recordarnos en nuestra verdad más pura, abrazar la fuerza que surge del dolor transformado y permitir que el alma se expanda con nueva luz.
Así como el ave fénix se eleva majestuosa después del fuego, así el espíritu encuentra en cada caída una nueva posibilidad de vuelo.
Renacer es confiar en que incluso en la oscuridad más profunda arde la chispa divina que nunca muere.
Y cuando renacemos, comprendemos que no somos las cenizas que quedaron atrás, sino la llama eterna que siempre sabe volver a levantarse.
Web: Colibrí Místico.
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