10 de marzo de 2023
Radowitsky, el anarquista ucraniano que logró fugarse de la cárcel del Fin del Mundo
Todavía era menor de edad cuando vengó la muerte de decenas de compañeros caídos en la represión de la Semana Roja, al colocar una bomba en el carruaje del coronel Ramón Falcón. Esa acción le significó dos décadas en el penal de Ushuaia de la que se evadíó vestido de carcelero.
El coronel Ramón Lorenzo Falcón, quien comandaba la PolicÃa de la Capital, era un hombre chapado a la antigua.
Tanto es asà que, en vez de usar alguno de los diez Ford T que acababa de adquirir la fuerza, preferÃa desplazarse a bordo de un viejo coche Milord tirado por dos caballos.
Asà se trasladaba durante el caluroso mediodÃa del 14 de noviembre de 1909. VenÃa por la calle Quintana con su secretario privado, Juan Lartigau, del funeral de un comisario en el cementerio de la Recoleta. No suponÃa que, unas horas después, ambos regresarÃan allÃ, pero ya en sendos trajes de madera.
En este punto es necesario retroceder seis meses y medio; exactamente, a la mañana del 1 de mayo.
Aquel dÃa, con el propósito de homenajear a los “Mártires de Chicagoâ€, la Plaza Lorea, frente al Palacio del Congreso, lucÃa colmada de anarquistas.
Durante la mañana de ese sábado, desplegó unos 150 mastines humanos del Escuadrón de Seguridad, y otro centenar del Cuerpo de CaballerÃa. Todos armados hasta los dientes. Los oficiales al mando de la tropa aguardaban que Falcón simplemente parpadeara para entrar en acción.
El acto se desarrollaba con normalidad. El coronel parecÃa disfrutar de lo que decÃan los oradores. De hecho, ese individuo delgado, de mirada gélida, con pómulos marcados y mostacho con medio rulo hacia arriba en las puntas, exhibÃa una sonrisa cargada de soberbia. ¿Acaso era consciente de estar a un solo milÃmetro de convertirse en el primer represor argentino del siglo XX?
Recién entonces, por cierto, parpadeó. La embestida policial sobre la multitud fue impiadosa: a sablazo limpio los de la caballerÃa, y a tiros de fusil los uniformados de a pie.
En aquella ocasión hubo 14 muertos y 109 heridos, desparramados en las inmediaciones de la calle SolÃs y la Avenida de Mayo.
Al cabo de la faena, Falcón consultó su reloj de bolsillo.Â
Semejante gesto fue captado por los ojos de un manifestante, y jamás se le borró de sus retinas. Era un muchacho alto, muy delgado, con un bigotito ralo y mandÃbula prominente. TenÃa 17 años.
Aquel fue el comienzo de la “Semana Rojaâ€, llamada asà por la prensa a raÃz de su profusión sangrienta.
El siguiente capÃtulo, en medio de una huelga general que supo paralizar al paÃs, ocurrió el 4 de mayo, cuando unos 60 mil manifestantes acudieron a la Morgue Judicial –para reclamar la entrega de los cadáveres– y, horas después, al cementerio de la Chacarita, donde fueron atacados nuevamente por la horda policial. Ese martes hubo un saldo indeterminado de muertos y heridos.
El coronel observaba la masacre desde su carruaje, como quien fiscaliza una prueba de tiro al blanco. Tal imagen también quedó grabada en los ojos del muchacho de bigote ralo. Su nombre: Simón Radowitsky. En este punto es necesario retornar al 14 de noviembre.
Efeméride para un verdugo
Al clarear ese dÃa, Radowitsky manipulaba un pequeño artefacto, al que luego envolvió con papel madera e hilo sisal.
Tal vez en aquel momento pensara que no saldrÃa bien librado del acto que estaba por perpetrar.
Y es posible que entonces desfilaran ante él algunas postales de su breve vida: su niñez en el seno de una familia judÃa del pueblo ucraniano de Ekaterinoslav (que por entonces pertenecÃa al Imperio Ruso); su primer trabajo, a los 14 años, como obrero en una metalúrgica; su despertar polÃtico influenciado por los textos de Bakunin; sus meses de convalecencia al ser herido en una protesta por un sable cosaco; sus semanas de prisión tras ser arrestado por la policÃa zarista; sus dÃas en la efÃmera revolución de 1905, y su exilio en Argentina para no terminar en Siberia.
Desde su arribo a Buenos Aires habÃan transcurrido menos de dos años.
A media mañana se lo vio salir del conventillo que habitaba en la calle Andes 394, y tomó un tranvÃa hasta la esquina de Posadas y Callao. En el Panteón Policial del cementerio de la Recoleta se desarrollaba el funeral del subordinado de Falcón. Éste lo despidió con emotivas palabras.
El paquete que arrojó Radowitsky fue a parar al piso del coche, entre las piernas de Falcón. Eso sà lo llegó a advertir. Pero sin tiempo de reaccionar.
La explosión partió el rodado por la mitad. Una de las botas del coronel –de cuya caña sobresalÃa una pantorrilla mutilada– voló hacia la esquina. Radowitsky se dio a la fuga.
Falcón, trasladado con urgencia al Hospital Fernández, empezó a tomar sus primeras lecciones de arpa unos minutos después. Y Lartigau, a la hora.
En tanto, perseguido por vecinos –siempre hay vecinos en estos casos–, Radowitsky intentó quitarse la vida con un tiro en el tórax. Pero la bala solo le rozó el pecho. Asà fue entregado a la policÃa. Y terminó en la comisarÃa 15ª. Allà lo torturaron con saña, Sin embargo, él se mantuvo en silencio, sin soltar los nombres de los tres compañeros que lo ayudaron.
Después lo salvó de la pena capital un milagro: la súbita aparición –en manos de su tÃo, el rabino Moises Radowitsky– de su partida de nacimiento, que especificaba su minorÃa de edad. De modo que fue enviado a la PenitenciarÃa Nacional de la avenida Las Heras. Pero un intento de fuga determinó su destino final al presidio de Ushuaia.
Rejas y sombras
AllÃ, envuelto en un frac acaso demasiado grueso para aquella época del año, estaba el presidente José Figueroa Alcorta junto a la infanta de Borbón, quien asistÃa en representación de su sobrino, Alfonso XIII, el rey de España. También se encontraba el mandatario chileno Pedro Montt. Y en una segunda hilera, los embajadores de 50 paÃses, además del gabinete nacional en pleno, algunos purpurados y un puñado de jefes militares.
Fue notable que, al concluir la parada castrense, esas altas autoridades nacionales y los dignatarios extranjeros se llevaran una mano a la altura del corazón para rendirle un minuto de silencio al malogrado Falcón. Su ajusticiador supo de ello a fines de ese año, al llegar a él un recorte ya amarillento del diario La Nación, traÃdo a escondidas por otro ácrata recién arribado a Ushuaia.
Por esos dÃas, para la clase obrera, Radowitzky era un bronce viviente. Pero para los carceleros era la encarnación del Mal.
De modo que se esforzaban en hacérselo sentir. En ese sitio, ideado por la criminologÃa positivista como la maquinaria de castigo perfecta, Radowitzky era maltratado en forma tenaz y selectiva.
Un ejemplo de ello fue que, en cada aniversario del ajusticiamiento de Falcón, debÃa padecer 20 dÃas de aislamiento en un “buzónâ€, a pan y agua, en medio de una absoluta oscuridad.
Sin embargo no solo se convirtió en el lÃder del Pabellón I (que alojaba a los anarquistas) sino también de los presos comunes.
En 1918 comenzó a madurar un plan de fuga. Un emprendimiento más utópico que el de una sociedad sin clases sociales, puesto que ningún preso habÃa logrado huir de allà sin ser rápidamente recapturado en los alrededores del penal, cercado por el hambre, el frÃo y la geografÃa del fin del mundo.




